Tomado de: El Comercio Digital
Reseña de uno de los más provocadores pensadores de esa gran promoción surgida en Francia en los 60's
SOCIEDAD Y CULTURA
Sociedad
Foucault, el saber del poder
Más de 20 años después de la muerte del filósofo francés a causa del sida, sus reflexiones sobre la locura, el derecho, y la sexualidad son centro de debate
IÑAKI ESTEBAN/
DESEQUILIBRIOS. Quiso suicidarse cuando era estudiante. / E. C.
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Michael Foucault criticó la autoridad del médico, describió los métodos para encerrar al loco, destripó los mecanismos sociales para estigmatizar al delincuente, al insano, figuras resaltadas o creadas por los 'normales' para vivir tranquilos y satisfechos en su 'normalidad'. El filósofo francés, de quien ahora se conmemoran los veinte años de su muerte, se aventuró como nadie en la tarea de sacar a la filosofía de su encierro especulativo y de hacerla útil, desmitificadora.
Amante de los coches y de la velocidad, antiestalinista de primera hora, Foucault murió de sida en 1984. Desde los años setenta enseñaba por temporadas en Estados Unidos, primero en Buffalo y luego en la Universidad de California en Berkley, cerca de San Francisco, donde se involucró a fondo en los ambientes gays y sadomasoquistas, cuando aún no habían saltado las alarmas sobre el síndrome mortal.
El filósofo adquirió una fama enorme en Norteamérica, que aún perdura, y prohijó una legión de seguidores de sus teorías que se han distinguido más por la repetición de sus ideas que por seguir sus métodos: la investigación puntillosa en obras clásicas y opúsculos extraños, en archivos y documentos poco transitados, a partir de los cuáles componía unos bellos frescos históricos destinados a descubrir las trampas de la razón occidental.
Foucault fue muy persistente en este sentido. Los hospitales, las cárceles, los tribunales, las aulas escolares y sus exámenes pertenecían a un mismo proyecto de un saber racionalista apto para sostener y justificar el poder. Deudor de una visión adánica -anarquizante- de la libertad, Foucault nunca consideró que una estructura administrativa de carácter democrático podía estar al servicio de quienes la pagaban, los ciudadanos.
Su mirada descomponía esa estructura para ver en ella un calculado mecanismo de apartamiento de los más débiles, de los marginados. Foucault encuentra la gran imagen de la sociedad moderna en el panóptico de Jeremy Bentham, un liberal inglés del siglo XVIII, que ideó una prisión con una torre en el centro de su interior desde la cual se veía cada movimiento de los presos. La vigilancia total y, sobre todo, la conciencia neurótica de que todos estamos vigilados: ésa era la máxima aspiración del poder racionalista.
El poder no se limitaba a la relación del amo y el esclavo, del dominador político y del dominado. Estaba en todas partes. En la oficina, en la Universidad, en la familia: en cualquier relación social se colaba esa voluntad de dominio contra la que había que luchar en esos mismos lugares y no en abstracto, como frecuentemente lo hacía la izquierda tradicional.
En cierto modo, lo sabía por experiencia propia. Nacido en Poitiers en 1926, las discusiones con su padre, cirujano de profesión, fueron de tono subido. Sus primeros años en la escuela combinaron el éxito y el fracaso, hasta que entró en el colegio de los jesuitas y empezó a sobresalir.
Foucault logró entrar en la Escuela Normal Superior de París, la puerta tradicional que abre el futuro académico en Francia. Cuando estudiaba en ella sufrió episodios depresivos e intentó suicidarse. En el gran centro parisino obtuvo una doble licenciatura en Psicología y Filosofía.
Pasado comunista
Militó en el Partido Comunista de 1950 a 1953, inducido por su mentor, el filósofo marxista Louis Althusser, pero nunca llegó a ser un miembro activo del mismo y lo abandonó a causa de su oposición al estalinismo. Después de unos primeros años dedicado a la enseñanza universitaria francesa, marchó como agregado cultural de Francia en Suecia y dio clases en la Universidad de Uppsala. En 1958 dejó el país nórdico y enseñó primero en Varsovia y luego en Hamburgo. A su vuelta a Francia en 1960, consigue un puesto de profesor de Filosofía en la Universidad de Clermont-Ferrand y allí conoce a Daniel Defert, un alumno diez años menor que él, con quien mantuvo una relación constante a lo largo de toda su vida, abierta por los dos lados a otras experiencias.
De esa época son sus primeras obras. Corrían los tormentosos y divertidos años sesenta. Y se empezaba a hablar del posestructuralismo, una etiqueta alentada por publicaciones como 'Tel Quel', dirigida por Philippe Sollers, y que englobó a pensadores como Derrida, recientemente fallecido, a Roland Barthes, a Julia Kristeva y al propio Foucault.
El prefijo 'pos' le persiguió siempre, y le favoreció. Si no se le hubiera identificado como unos de los grandes popes del posmodernismo, Foucault no habría tenido tanto éxito en Estados Unidos. A ese país llegó con el aura de mayo del 68, y precisamente a una universidad, la de Berkley, en Estado Unidos, que había contribuido como ninguna otra a la revuelta 'hippie'.
La leyenda no era una impostación. A pesar de que el mayo francés le cogió en Túnez, su compromiso con los estudiantes se mostró sin ambigüedades poco después. Con Daniel Defert montó un grupo de apoyo a los presos comunes y luego, en 1978, cometió la imprudencia de apoyar la revolución de Jomeini. A su agonía parisina siguió la de otros amantes suyos, como el fotógrafo y escritor Hervé Guibert, que asimismo murió de sida.
Foucault edificó una obra rigurosa, original y provocativa. Incluso quienes ven con escepticismo su inquina contra el racionalismo, y la sospechosa ausencia de un concepto normativo de democracia liberal, reconocen estas características en sus libros.
Pasada la moda Foucault, al menos en España, sus libros continúan teniendo la capacidad de hablar de nosotros, de nuestro presente. Qué mejor halago para un filósofo.